• Fabricio Avalos Lozano

EL DON Capítulo 1: La Oscuridad.

Actualizado: 8 de sep de 2019

EL DON (la serie)

Fabricio Avalos Lozano

Copyright 2019


LA OSCURIDAD


El cielo se deshizo en pedazos aquel atardecer. La lluvia y los relámpagos caen seguidos de ruidosos truenos sobre el pueblo que ha quedado a oscuras a raíz de los fuertes vientos. Los atemorizados habitantes se resguardan en sus hogares y alumbran con veladoras sus casas. Eran las dieciséis con treinta y siete cuando los vientos comenzaron a soplar en esa sombría tarde de otoño. La misma en que se anunció la muerte del sacerdote de la iglesia. A menos de dos horas desde que la lluvia comenzara a caer las corrientes de agua bajan del cerro arrastrando todo tipo de hierbas y deshechos alojados en sus laderas. Estos terminan en las calles enlodadas de Tumachi. Las hojas de los árboles caen cubriendo el piso y los insectos se esconden debajo de ellas esperando que pase la tempestad. El sonido de las campanas de la iglesia, movidas por los fuertes vientos, se escuchan a un kilómetro a la redonda. Hoy no se ve vagar a los perros y gatos que acostumbran husmear por el pueblo en la noche. Únicamente el revuelo inclemente del viento recorre sus calles vacías.


Alejo Cervantes observa por la ventana. Su casa se encuentra a las faldas del cerro. Don Alejo, como le llaman en el pueblo, sabe que no es casualidad lo que ha ocurrido esa tarde. Tanto la muerte del sacerdote y el abrupto cambio de clima tienen una razón de ser. Hace años que él espera ese acontecimiento. El día y la hora no los conoce, pero las señales sí, y hoy ambas están presentes.

—Aléjate de la ventana papá, no sea que vayas a atraer un rayo —dijo Lucía.

Don Alejo volteó a ver a la joven sin ocultar el gesto de gracia que le causó su comentario.

—Deberías venir a mi lado para que aprendas de la naturaleza —le respondió—. Ésta siempre nos está hablando, pero pocas veces la escuchamos

—Ándale papá, hazme caso y te convido de mi chocolate caliente.

—Hija, hoy es un día muy especial. Mucho he escuchado hablar sobre él y quienes me lo contaron ya no se encuentran aquí para verlo. Soy afortunado de estar viviendo este momento.


La hija de Alejo, sin entender del todo las palabras del viejo, le miró y continuó sentada en la mesa de la cocina con la taza de chocolate entre sus manos. Joven y bella, Lucía Cervantes, posee aquel brillo en los ojos de quien tiene el don de la enseñanza y el corazón para compartir sus conocimientos. El mismo que la motivó a dejar su pueblo para estudiar en la escuela normal del estado. No bien había terminado sus estudios, cuando decidió regresar a la localidad en la que había crecido para educar a los hijos de sus compañeros. Sus alumnos le llaman: “La Miss”. Es maestra del primer año en la escuela primaria. Temerosa por los truenos, mira de reojo a su padre y trata de distraerse con otros pensamientos. Levanta la taza de chocolate para beber un sorbo más, luego se suelta el cabello húmedo. El aguacero la cogió saliendo de la escuela. Caminó bajo el agua las siete calles qué hay de distancia entre el colegio y su casa.


Hecha de adobe, con gruesas paredes cubiertas de cemento, yeso y pintura blanca, la casa de Don Alejo es una de las más antiguas del lugar. Sus pisos de madera y el hueco que queda entre el suelo y éste, hacen que los pasos y las voces de los que caminan por la acera de enfrente se escuchen adentro.  De ahí tantas historias de fantasmas y espíritus que se desarrollan en esos poblados. Las ventanas protegidas por barrotes de hierro adornan la casa por fuera. Ese fue el hogar de los padres de Alejo, quienes la construyeron desde los cimientos hasta el tejado. Ahora derruida por el paso del tiempo y el clima solo es un recuerdo de lo que en su momento representó. La que cuidó de la familia Cervantes, de los padres de Alejo y de sus hermanos. De pequeños, en el día jugaron en el patio y por las noches se resguardaron dentro de sus paredes y bajo su techo. De todo eso solo quedan los recuerdos. Los años han pasado convirtiendo la hermosa casa en un antiguo cuartucho habitado por un anciano viudo y su hija.


Como arrastrada por la lluvia una sombra se divisa bajando por uno de los senderos del monte. Don Alejo de inmediato se quita las gafas y después de frotar con un trapo los cristales, vuelve a colocárselas para observar mejor la silueta. Una antigua leyenda cuenta que después de la muerte del hombre de Dios llegará la tribulación al pueblo. El clima desordenado acompañado de un ser de lejanas tierras y extrañas costumbres que traerá una nueva revelación a sus habitantes, será la señal del fin de los tiempos. El juicio para los pobladores del Tumachi, seguido del castigo por sus actos.


La oscuridad ha invadido el lugar. En cada rincón se percibe el temor de los pobladores. La naturaleza misma ha enloquecido trayendo consigo el caos. Las sombras de los árboles parecen figuras de demonios tratando de salir del inframundo. El chillido del viento suena a los oídos como el llanto de un espíritu atormentado. No hay que ser supersticioso para entender el mal augurio que esto conlleva.



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