• Fabricio Avalos Lozano

EL DON Capítulo 11: Revelaciones.

Actualizado: 21 de oct de 2019

EL DON (la serie)

Fabricio Avalos Lozano

Copyright 2019


REVELACIONES


Aquel día, Lucía volvió a retomar sus actividades. Se levantó, comió, se bañó, recogió su ropa y arregló su cuarto. Aunque no sonreía igual, para Alejo era maravilloso ver a la joven recuperarse de la depresión en la que se encontraba.

—Dante estuvo aquí durante el tiempo que estuviste indispuesta —dijo Alejo, tratando de alegrarle la tarde—. Se regresó a la ciudad hace una semana ya que se le acabaron las vacaciones.

—David, querrás decir... —respondió Lucía.

Para Alejo esa respuesta fue preocupante. Enseguida le avisó que iba a casa de Lázaro y un momento después regresó con una caja.

—¿Recuerdas qué hay aquí adentro? —dijo retirando la tapa.

Una vez que Lucía hacía limpieza en el cuarto de Alejo encontró esa caja de cartón, la misma que después desapareció. Se acercó para observar sentándose a un lado del viejo en el sillón grande. Mientras, Don Alejo hurgaba buscando algo en su interior. Sacó un álbum de fotografías y lo entregó a la joven para que las viera. Ella lo tomó nerviosa y giró la cubierta. La primera fotografía era de una pareja en el día de su boda.


—Es tu papá —dijo Alejo con la voz ronca, señalando al joven en la fotografía—. Él era mi hijo… se llamaba Emilio.

Lucía pasó su mano por encima de la cara del joven en la fotografía, intentando definir sus rasgos.

—Ella es Lucía Barroso, tu madre —dijo y señaló a la joven—. Era tan bella como lo eres tu ahora. Te heredó ese carácter dulce que tienes para tratar con los niños.

Esta vez el viejo no pudo contener las lágrimas. Lucía acarició la cara de la joven en la fotografía. Al girar la página estaba la imagen de una mujer posando de cuerpo entero con un hermoso vestido de noche.

—Ella es tu abuela…

La joven maestra mostró una tierna sonrisa y acarició la mejilla de Alejo.

—¿Nunca te pasó por la cabeza la idea de que era muy viejo para ser tu padre?

La joven le miró indiferente. Siguió girando las páginas. Veía las fotografías con absoluta atención. Al terminar cerró el álbum y lo regresó a Alejo.

—Son muy bonitas todas las fotos que tienes en este álbum papá —dijo, volviendo a su semblante de tristeza—. A propósito, ¿qué pasó con el anciano que te visitaba?

Alejo se quedó en silencio tratando de hilar las ideas.

—¿Cuál anciano?… ¿Lazaro?…

—No papá, el que estaba contigo por las tardes —Lucía notó que el viejo no acertaba en recordar a la persona de la que ella le hablaba—. El que se quedó a dormir aquí en la casa.

Alejo la miró extrañado.

—¿Anciano?

—Bueno pues, mayor que tu sí era…

—¿Estás segura? Yo lo veía más joven.

—¡No, cómo crees!… ¡Ochenta años si tenía!…

—A mi me parecía de treinta y cinco, a lo mucho.

—¡Ay papá! Que simple eres —dijo Lucía levantándose del sillón.


Entonces, Don Alejo comprendió que el extraño era un nagual. Su amigo Lázaro tenía razón. Era el mismo que se encontraba junto al auto el día del accidente en que murieron su esposa y los padres de Lucía. En ese momento tocaron a la puerta de la casa. Lucía se apresuró para abrir. Eran un par de vecinas que acompañaban al nuevo sacerdote. Éste quería entrevistarse con la joven.


Añejo salió de la casa para dejarles platicar a gusto. Por un lado, necesitaba ordenar las ideas después de lo que su hija le reveló sobre la apariencia del extraño y, por el otro, no quería enlazar amistad con el nuevo sacerdote. Se sentó en una banca de la plaza. Entre las ramas de los árboles se escuchaba el canto de las aves. Alejo comenzó a recordar:


«El Don que te fue dado es muy poderoso. ¡Tócalos!», le dijo el Nagual.

Alejo se quedó viendo los cuerpos tendidos en el suelo. No daba crédito a lo que sus ojos le mostraban. Las piernas se le debilitaron. Le parecía como si todo fuera una pesadilla, ya despertaría, pensó mientras volteaba a los lados para encontrar alguna señal que le hiciera saber que se trataba de un sueño. De pronto reaccionó, tomó a la bebé entre sus brazos. Al tocarla sintió una energía desconocida que salía de él y recorría el cuerpo de la niña. Enseguida la nena comenzó a llorar.

«¡Toca a los otros!», repitió el extraño. «Apúrate que alguien viene».

Alejo estaba como ausente. Cargando a la bebé en sus brazos dio media vuelta y caminó sin rumbo. Lázaro llegó corriendo y quedó anonadado al ver los cuerpos. A un lado de ellos estaba un indio observándolo. Lázaro palideció. El indio se retiró por un camino entre la hierba en sentido opuesto al pueblo.

La ambulancia recogió los cuerpos y llevaron a la niña al hospital. Por más que buscaron una explicación lógica, nunca encontraron alguna que justificara que la bebé estuviera con vida.


Otro recuerdo emergió de súbito en su memoria:


—¿Que vez? Descríbelo —dijo el Nagual al joven Alejo.

—Son como huevos luminosos con una hendidura por la que se les escapa la luz.

—¿Vez algo más?

—Sí, en el cielo hay una figura que se alimenta de ellos.

El indio sonrió satisfecho.

—Ahora lo vez… A muchos ese conocimiento les ha sido negado. Otros han trabajado mucho para poder “verlo”, pero ti no te ha costado ningún esfuerzo. Tienes “el don”. Eres el elegido, al que hemos estado esperando desde hace tanto tiempo.


Alejo se estremeció, en ese momento se le reveló que la niña estaba muerta como los demás y al tomarla entre sus brazos revivió. Entonces comprendió lo que el Nagual le pedía que hiciera. Si hubiera tocado los cuerpos de su esposa, su hijo y su nuera, ellos también estarían con vida. Así mismo, descubrió que ya sabía de su don, pero se negó a usarlo. Solo lo hizo al tocar a la esposa de Lázaro, cuando dijo al oído de Joaquin: «Dile que se levante». También pudo tocar al pequeño Joaquín en la cama mientras agonizaba, pero no lo hizo.





99 vistas
© 2018 by Fabricio Avalos Lozano. Proudly created with WIX.COM