• Fabricio Avalos Lozano

EL DON Capítulo 12: Los Viejos.

EL DON (la serie)

Fabricio Avalos Lozano

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LOS VIEJOS


El invierno llegó a Tumachi, las primeras nevadas han caído en la sierra y los montes se visten de blanco. La neblina bajó hasta el pueblo que aún duerme plácidamente. Las gotas de agua se desprenden de las nubes congelándose a su caída y convirtiéndose en hermosos copos de nieve. Miles de prismas hexagonales dan forma a ese maravilloso milagro de la naturaleza que cubre los campos. En las calles húmedas los charcos se comienzan a helar. Los jardines son revestidos por esos afelpados cristales de hielo. El cielo se ha iluminado como al atardecer y el frío le acompaña.

Después de cumplirse la leyenda, el pueblo ha vuelto a la normalidad. El tiempo en que la gente creía en los milagros y estos ocurrían ha quedado atrás. Al pasar de los años el pueblo se está quedando solo. Los jóvenes prefieren irse a la ciudad para encontrar nuevas oportunidades. Los viejos han ido partiendo uno a uno. Los últimos que aún quedan con vida son Don Alejo y “El Jefe” Lazaro.

—Tenemos que hacer una kermés para reunir fondos y encargar la imagen del pequeño Joaquín —dijo el cura—, no dejen de asistir con su familia. Nos vemos el siguiente domingo.

La misa terminó, Lucía y el sacerdote concretan los preparativos de las fiestas.

—En una semana estará todo listo —dijo Lucía al párroco.

—Muy bien hija. Invita a Don Alejo, se pondrá muy contento.


El pueblo de Tumachi está de fiesta, los preparativos para la canonización del niño de los milagros marcha viento en popa. Los jóvenes regresan de la ciudad para visitar a sus familiares en la misma fecha en que se celebra la festividad del pequeño Joaquín.

—Papá, el siguiente domingo será la fiesta de canonización de Joaquín, quiero que me acompañes —dijo Lucía.

—Ahí estaré hija —respondió Alejo y continuó leyendo el libro que tenía en sus manos.

Lucía le miró con ternura. No esperaba que aceptara acompañarle.


Ese día todos en el pueblo lucen sus mejores ropas. Las señoritas caminan dando vueltas en la plaza mientras los jóvenes las observan sentados en las bancas. Los algodones de azúcar en color rosa y azul cielo adornan las calles. El olor a comida y el ruido del aceite hirviendo son parte del ambiente de la festividad. Ese sentimiento de orgullo por pertenecer a una raza de hombres y mujeres de piel en tono cobrizo que caracteriza las raíces de un pueblo de guerreros. Los niños corretean el balón en el campo contiguo y los perros corren tras los chiquillos que sueltan alegres carcajadas.


Dante viajó a Tumachi para buscar a Lucía en varias ocasiones. Regresó por los siguientes tres años, sin conseguir que Lucía le recibiera. Al cuarto año decidió no regresar al pueblo. Hoy se cumple un año más y las vacaciones han llegado, trayendo de regreso a los jóvenes que partieron a la ciudad para concluir sus estudios. Varios chicos vuelven al pueblo en el que crecieron, pero al cual ya no pertenecen.


Después de conversar Alejo miró a Lázaro con una mueca de sonrisa. Lázaro se levantó y regresó a su casa. La tarde menguaba y los locales estaban cerrando sus puertas cuando Alejo se retiró a dormir. Al siguiente día Lázaro no salió. En la mañana del tercer día una ambulancia sacaba el cuerpo de Lázaro. Lo llevaron al hospital, allá fueron sus vecinos para conocer su estado de salud. Cuando llegaron Lázaro ya había fallecido.

Don Alejo salió temprano al monte, caminó como de costumbre por el cerro. A lo lejos vió a cuatro hombres y se dirigió por la vereda para alcanzarlos con la intención de conversar con ellos. Lucía está en casa esperando el regreso de su papá. El viejo no ha vuelto y ya comienza a oscurecer. Su hija pregunta a los vecinos si le han visto. En la madrugada la policía hace recorridos por las calles y a la orilla del cerro en busca del señor Cervantes. Don Alejo ha desaparecido y nadie ha tenido contacto con él en las ultimas cuarenta y ocho horas. Dos días después declaran muerto a Alejo Cervantes sin encontrar su cuerpo. Alejo recibe una misa de despedida al quinto día de su desaparición. El viejo es despedido en un féretro vacío. Su cuerpo no fue localizado pero a estas alturas es imposible que siga con vida.


La casa de Alejo se encuentra triste y desolada, la maestra Lucía Cervantes llega por las tardes después de terminar de dar clases en la escuela y ocupa solo su cuarto y la cocina. En el exterior, las ramas y los musgos van cubriendo sus paredes. Los sillones aún esperan la llegada del viejo y los libros siguen atentos a que sus manos los tomen. El olor a tristeza y desolación llena los rincones de ese hogar que se va deteriorando día a día. Se extraña la alegría de la niña que correteaba por sus jardines y el hombre que la observaba sonriendo desde adentro de la casa. Un gran pedazo de yeso se desprende de la pared de la fachada y cae al suelo, dejando el adobe a la vista.

Lucía observa hacia el cerro por la ventana de la cocina. Los últimos rayos del sol se asoman mientras el pueblo vuelve a quedar en la obscuridad un día más. Una lagrima corre por la mejilla de “La Miss”. Desde lo alto de la montaña un anciano y un niño tomados de la mano la saludan. Ella ha cerrado las cortinas y se dirige a su recamara para dormir.



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