• Fabricio Avalos Lozano

EL DON Capítulo 2: Leyendas y Ritos.

Actualizado: 8 de sep de 2019

EL DON (la serie)

Fabricio Avalos Lozano

Copyright 2019


LEYENDAS Y RITOS


La tormenta no ha decrecido, aunque por momentos el viento aparenta estar dando una tregua. La sombra que baja por el cerro se va haciendo cada vez más clara. Es la de un hombre que camina desde la montaña hasta el pueblo de Tumachi. A la distancia pareciera que la lluvia y el viento no tocan su cuerpo. Su andar se asemeja al de los pumas cuando asechan a su presa. Alejo se pone el impermeable y las botas de lluvia para salir a su encuentro. Otros de los vecinos también han visto el espectro y atemorizados cierran puertas y ventanas. Extrañada al ver a su padre salir a esa hora, Lucía se levanta y se asoma por la ventana.


Don Alejo llegó al pueblo cuando era un bebé. Sus padres viajaron desde Cumaqui para encontrar un mejor lugar donde vivir. Silverio Cervantes aprendió a trabajar con el fierro desde muy joven. Hacía herraduras y hebillas que le compraban principalmente los hacendados. Hábil con el marro y las tenazas, capaz de mantener la fragua a muy alta temperatura, en donde con la ayuda del yunque transformaba toscos trozos de fierro en figuras perfectas de acero. El joven herrero de la aldea pronto se encontró con la oportunidad de viajar. Los habitantes de otras Haciendas solicitaban sus servicios y él se trasladaba a esas nuevas regiones para entregar el producto y así cumplir con sus compromisos a tiempo. Aprovechando el viaje llevaba muestras de su trabajo y lo promocionaba para hacerse de nuevos clientes.

En uno de esos lugares conoció a Julia, con quien después de unos meses de noviazgo se casó. Al paso del tiempo nació su pequeño hijo. Lo bautizaron con el nombre de Alejo. Buscando un lugar mejor para vivir llegaron a Tumachi. Julia se dedicaba al hogar. Educaba a su hijo con la intención de que un día fuera sacerdote. Sus ocho hermanos con el tiempo se fueron de allí. Solo él se quedó en el pueblo.

En la adolescencia, junto a sus amigos, Alejo experimentó con hongos alucinógenos y tuvo su primer viaje. Después de eso jamás volvió a la iglesia. Siguió estudiando filosofía, pero lo hacía por su propia cuenta. Prefería buscar a los ancianos más letrados del pueblo y discutir con ellos. Les aprendió mucho al grado que llegaba a imponérseles con sus opiniones.


—¿Cómo puedo dominar a las fieras del monte? —preguntó el joven Alejo.

—A las fieras no se les puede dominar, a menos que conozcas su naturaleza. Si tu no te has podido dominar a ti mismo, es porque aún necesitas conocer tu propia esencia.


Alejo escuchaba con atención las respuestas de sus maestros, no los de la escuela, sino las de los ancianos del pueblo. Estudió en las calles y aprendió a resolver las dificultades de una manera más ingeniosa que el común de la gente. Eso no pasó desapercibido para algunos de los moradores de Tumachi


—¿Quién es el joven que se reúne con los ancianos para conversar y tiene esa mente tan aguda para contestar todas sus preguntas? —dijo Aurelio.

—Es Alejo, hijo de Silverio. Tiene la costumbre de platicar con nosotros desde hace largo tiempo. Es muy curioso, todo lo cuestiona.

—Háblenle, quiero que venga a conversar conmigo para conocerlo. Hay mucha diferencia en como se comporta con respecto a los otros muchachos de su edad


Aurelio Serrano era un militar retirado, quien al mando del General Jacinto Aguaprieta había conquistado los territorios de Chihimba y Xomotl, ambos en el estado de Tulimac. Allí conoció a Cammal Ixtlán, indígena nativo que ostentaba el nivel de Nagual. De él aprendió secretos ancestrales. Su raza pura y férrea enfrentó a los Españoles en la época de la conquista. Era descendiente de los antiguos guerreros, de aquellos que construyeron pirámides con una exactitud mayor a la de los Egipcios. Dueños del conocimiento de los tiempos de cosecha y de la siega, de las estrellas, del clima y de los secretos de lo oculto.


—Hijo, te quiero invitar a mi casa para que conozcas mi biblioteca, seguro que estarás interesado en leer algunos de los libros que allí se encuentran.

El Coronel Serrano le miró esperando una respuesta. La petición de Aurelio retumbó en los oídos de los demás ancianos. El viejo combatiente nunca había invitado a ninguno de ellos a su casa. De pronto un joven sin oficio era el elegido para conocer los secretos del militar.

—Será un placer para mí Coronel —dijo Alejo—. En verdad me interesa conocer todo lo que pueda del mundo al que no he podido viajar así como usted lo ha hecho.

—Entonces no perdamos más tiempo, vamos para allá.


Alejo pasó a ser el aprendiz del castrense, quien a su vez, como mentor del joven, le inició en rituales desconocidos para la mayoría de los habitantes del pueblo. Aprendió a controlar su cuerpo, temperamento y pensamiento, al grado que pocas veces se le podía sacar de sus casillas. Los viejos lo respetaban pues dominaba el arte de la conversación. Escuchaba con mucha atención y respondía de manera agradable a sus interlocutores.


Frente a la casa de Alejo, vive Lázaro. Es uno de los pocos que no ha cerrado la ventana al observar la figura que baja del cerro. Temeroso como los demás habitantes del poblado, no hace ningún movimiento para no ser visto. El terror lo invade cuando ve salir a Alejo de su casa. Él también conoce la leyenda del hombre que bajó de la montaña la noche que el sacerdote murió.



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