• Fabricio Avalos Lozano

EL DON Capítulo 5: El Encuentro.

Actualizado: 9 de sep de 2019

EL DON (la serie)

Fabricio Avalos Lozano

Copyright 2019


EL ENCUENTRO


Los relámpagos iluminan el pueblo haciendo que, por momentos, el paisaje se vea tan claro como si fuese de día. Las corrientes de agua arrastran todo a su paso y el viento dificulta avanzar a pie. El clima no parece afectar al extraño visitante. Su mirada se cruza con la de Don Alejo y un destello del pasado alumbra su memoria. Aquel recuerdo aparece ante él en imágenes borrosas. En ese momento la tormenta cesa y el viento deja de soplar.


Diez años atrás —a inicios de los setentas—, los estudiantes se manifestaban en las plazas de las grandes urbes del mundo. Hacían marchas en apoyo a la igualdad social. Sus protestas en contra del imperialismo eran conocidas en toda casa que tuviera un televisor. Los sacerdotes fueron instruidos para que hablaran en contra del comunismo. Hacían creer a los pobladores que se trataba de un grupo de guerrilleros que tomarían a los jóvenes a la fuerza para llevarlos a enrolarse en sus filas. Los intentos de sublevación en las ciudades terminaron aplastados por sus respectivos gobiernos. El asesinato de miles de jóvenes universitarios fue llevado a cabo a la vista de todos. Las plazas de esas ciudades se llenaron de sangre. En Tumachi, cuatro jóvenes fueron víctimas del terror influido por el gobierno y la iglesia. Cuando se supo que habían matado a personas inocentes, el pueblo entero decidió guardar silencio.


—Buenas noches Alejo —dijo el extraño.

—Buenas noches —le respondió con voz temblorosa.


El aspecto del visitante es el de un nativo de las tierras altas de Ixmal, su vestimenta se remonta a la de principios del siglo diecinueve. Ixmal es el poblado más remoto de Tulimac. Pocos han viajado a esa tierra ya que no es posible su acceso en vehículos, tampoco a caballo. Los parajes contienen espesa maleza que esconde sus sendas a los visitantes. La existencia de fieras salvajes como pumas y coyotes, así como los reptiles venenosos, dificultan el viaje. No hay comercio, ni escuelas, ni iglesias. Solo casas de madera alumbradas por antorchas. Los moradores cosechan del campo los productos con los que se alimentan. La mirada del visitante es profunda y su tono de piel cobrizo como el de los habitantes del continente en tiempos de la colonización. Habla el castellano con una mezcla del idioma nativo, no suena al de los indígenas de la sierra. Alejo le miró preocupado.


—¿Cómo sabe mi nombre? —los latidos del corazón lo delatan.

—No tengas miedo. Deja eso para otras personas, como Lázaro.

Los ojos de Alejo se hicieron más grandes.

—¿Vienes a hacer que se cumpla la leyenda?

—De donde vengo las noches son largas y las historias cortas. Eso de la leyenda se escucha interesante, si me dejas pasar la noche en tu casa, al amanecer platicamos.

Alejo aceptó.


En el cuarto de visitas está durmiendo el hombre. Alejo y su hija se han despertado temprano, ella ha salido a trabajar. Dante está en el pueblo. Llegó de vacaciones proveniente de la ciudad y se encontró con Lucía afuera de la escuela. La señora de la tiendita ha notado cómo mira el joven a Lucía.


—El joven Dante está estudiando la carrera de ingeniería. Es buen partido, podría ser tu novio si quisieras Lucía.

—Doña Carmen, ¿qué me está insinuando?

—Que aceptes su invitación a salir. Nada pierdes; si la relación no resulta encuentras un amigo y, en el peor de los casos, tendrás un amante.

—¡Doña Carmen! Es usted muy moderna.

—Solo te digo lo que yo haría en tu lugar. Créeme, mejor consejo no encontrarás.


Dante no ha dormido apenas sino dos noches en los últimos cuatro días. Le inquieta la respuesta que pudiera darle Lucía una vez que éste le haya declarado su amor.

El hombre se ha despertado y entró al baño. Al salir de la ducha Alejo le presta un pantalón y una camisa. Sentados a la mesa, el señor Cervantes no dice ni una sola palabra. Al terminar de comer el extraño es quien rompe el silencio.


—Háblame de la leyenda.

—Ayer se cumplieron tres de sus profecías. Murió el sacerdote, el clima enloqueció y un hombre desconocido bajó de la montaña. La gente la interpreta como una maldición para el pueblo, ya que participó en el asesinato de cuatro jóvenes. Tu eres el extraño que viene a imponer el juicio a los pobladores por sus pecados.

—Hablas del pueblo como si tu no formaras parte de él.

—¡Yo no participé!

—¿Hiciste algo para evitarlo?

—La ignorancia vuelve peligrosos a los seres humanos. De haber intentado rescatar a esos jóvenes, también me habrían linchado.

—¿Ya sabes quién soy?

—Ayer mientras nuestras miradas se cruzaron recordé algo. Pero no le encuentro lógica. Usted no aparenta más de treinta y cinco años y yo tengo el doble de su edad.

—No busques respuestas lógicas. Si así fuera, quién creería en las leyendas.


Alejo Cervantes le miró pensativo. En su juventud el Coronel lo llevó a visitar a su maestro. La cara del extraño y del viejo Nagual coinciden por completo.

Tras la tormenta, el poblado quedó en un caos. La basura y las láminas que fueron arrancadas de los hogares se encuentran dispersas por todas partes. Hay ramas incrustadas en los cristales de la iglesia y de varias casas. El lodo que arrastró la lluvia del monte encharca las calles.

El sepelio del cura se llevó acabo esa tarde. Todo el pueblo acompañó el ataúd caminando tras la camioneta que lo transportaba desde la iglesia hasta el panteón. Solo uno no estaba con ellos.




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