• Fabricio Avalos Lozano

EL DON Capítulo 6: Pasado Desenterrado.

Actualizado: 22 de sep de 2019

EL DON (la serie)

Fabricio Avalos Lozano

Copyright 2019


PASADO DESENTERRADO.


Todos los habitantes de Tumachi acompañan al cuerpo de su patriarca a lo que será su último recinto. Esa marcha no tiene precedentes. Por años, el clérigo guió a los feligreses en sus decisiones más importantes. Hasta los presidentes municipales requirieron de su apoyo para ocupar sus puestos. Quienes no comulgaron con esto fueron dejados de lado y echados de la localidad. Bajo su mandato hubo decisiones importantes que sacaron adelante al pueblo. Ahora sin su guía, Tumachi ha quedado acéfalo. Era común llevar los conflictos a la parroquia para que de un modo rápido estos se solucionaran. Lo que no ocurría si se dirigían con sus gobernantes. El cura nació con el siglo, en un inicio su vocación no era tal. Fue una promesa de sus padres lo que le llevó a estudiar al seminario. Aún siendo muy joven lo asignaron a una iglesia en ese pequeño y desconocido poblado. A principios de los años veinte no eran muchos los habitantes en el lugar. La mayoría vivía en la pobreza. Su espíritu altruista lo llevó a ayudar a los pobladores, de quienes se ganó el respeto y el apoyo incondicional. Con el tiempo el juicio del abate se fue nublando, pero la gente le obedecía de igual manera.


Mientras el ataúd es bajado a la fosa, Alejo y el extraño platican sobre la desgracia que se avecina a los moradores de Tumachi. Al regresar del panteón las señoras vienen cuchicheando sobre el extraño visitante. Se acercan a la ventana de la casa del señor Cervantes para escuchar la plática.

—¡En lugar de andar de chismosas vayan a atender a sus maridos, que prefieren irse a la cantina que aguantarles! —dijo molesto el visitante.

Don Alejo se sonrió asintiendo con la cabeza.

Las señoras se retiraron sorprendidas por la respuesta del extraño, pero les indignó más que no les dejara hacerse del chisme.

—El castigo para el pueblo va a ser muy fuerte. Hasta aquí se escucha el clamor de las almas de los jóvenes que fueron abandonados en la montaña. Aún estaban vivos cuando aventaron sus cuerpos y los dieron por muertos. Todos en el pueblo sufrirán una pérdida importante en sus vidas y sentirán en carne propia el mal que hicieron a las familias de los jóvenes. Entonces llegará el juicio y el fin de los tiempos.

—No debería ser así para todos —replicó Alejo.

—¿Por qué no?

—¡Yo nunca he matado!

—¿Estas seguro? —le incriminó con la mirada.

— Sí.

—Entonces por qué no hablas de sus padres a Lucía.

Alejo titubeó mostrando un gesto de asombro en su cara.

—¿Por qué le llamas hija? ¡No es tu hija!

El señor Cervantes bajó la cabeza.

—¿Qué más podía hacer?

—Decirle la verdad desde el principio.

—¡Tenía que protegerla!

—Protegerte a ti, querrás decir. Mientras más tiempo pase será más difícil y las consecuencias más graves.


Lucía entro en la casa y los dos hombres guardaron silencio. Ella saludó de mano al visitante y besó en la frente a Don Alejo. Después se escuchó la regadera del baño mientras cantaba alegre en la ducha. Una hora más tarde un auto se estacionó frente a la casa de la familia Cervantes.


—Hola Don Alejo, buscó a Lucía. ¿Se encontrará?

—Buenas tardes David.

—Soy Dante señor...

—¡Lucía¡ ¡Te busca David! —gritó Alejo.

—Ya salgo...

Lucía abrió la puerta y salió dejando a su paso un aroma a flores frescas con su perfume. Sonrió a Dante y volteó rápido su cara para que su padre alcanzara a ver el gesto de enojo mientras decía en voz baja:

—Se llama Dante no David. Deja de avergonzarme frente a mi novio.

Alejo sonrió con sarcasmo.


Las señoras están alborotando a los vecinos. La esposa de Lázaro es la que encabeza la reunión.

—No queremos a ese “indio” en el pueblo. Es muy grosero y no sabemos con qué intención viene. Démosle una lección. Yo sugiero que los hombres lo echen fuera de los límites de Tumachi.

—No creo que debamos oponernos a la decisión de Alejo, ha sido hospitalario con el extraño al permitirle quedarse en su casa —dijo “El jefe” Lazaro.

—Si el cura viviera, ya habría echado del pueblo a ese “indio” pata rajada.

Las señoras se apoyaron entre sí presionando a sus maridos.


En el panteón, la tierra recién removida ha dejado expuestos a los insectos en la superficie. Esto atrajo a los pájaros. Un ave negra se posa en la cruz. Al poco rato, otra ave negra llega. En unos minutos decenas de aves negras ocupan el lugar donde el sacerdote fue enterrado.

Joaquín oye a sus padres hablar en voz baja. Es poco conocido que la cercanía con la muerte agudiza los sentidos. El del oído es uno de ellos. La plática es clara para el niño quien escucha todo lo que ellos dicen.


Al siguiente día, Lucía se quedó en el salón acompañando a Joaquín durante el receso.

—Escucha Joaquín. Ese es el sonido de las campanas.

—¿Es la iglesia "Miss"? —dijo.

—Sí, son las campanas de la iglesia Joaquín.

—¿Y por qué suenan?

—¿Cómo que por qué? No te entiendo.

—¿Para quién?

Lucía tragó en seco formando un nudo en su garganta.

—Alguien murió Joaquín. Por eso doblan las campanas.

—Yo quiero que las campanas suenen así por mi también.

—Así será Joaquín.

—Pero falta mucho, ¿verdad?

Lucía miró para otro lado. No quería que el pequeño le viera llorar. Talló su cara con ambas manos para hacerle creer que se estaba rascando y limpió las lagrimas de sus ojos.

—Aún falta mucho Joaquín —respondió.




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