• Fabricio Avalos Lozano

EL DON Capítulo 7: Sublevados.

Actualizado: 23 de sep de 2019

EL DON (la serie)

Fabricio Avalos Lozano

Copyright 2019


SUBLEVADOS


Los varones se han reunido para deliberar. Ellos prefieren evitar el enfrentamiento con el extraño, “El jefe” Lázaro les ha hecho entrar en razón. Para las mujeres es más fácil deshacerse del extraño. Exhortan a sus maridos para que le den una paliza y lo echen fuera. La más terca es la esposa de Lázaro. Éste se retira incómodo y asfixiado por la necedad de su mujer.

En casa de Alejo, el “indio” —como las señoras apodan al extraño— se pone las ropas con las que llegó al pueblo y se alista para salir.


—Está noche cierra la puerta por dentro y no abras—dijo—. No importa lo que escuches. Voy a salir y te veré de nuevo en la mañana. Avísale al joven que visita a tu hija par que haga lo mismo.

—¿Puedo saber que va a pasar?

—Sí. Le voy a mostrar a cada quién el mal que guarda en su corazón. Acuéstate temprano y no abras la puerta por ningún motivo. No lo olvides.


En la escuela Lucía y Joaquín se han quedado en silencio. Ella finge una sonrisa para disfrazar sus sentimientos ante el comentario que le ha hecho el niño sobre el tiempo que le queda de vida. Tras escuchar un leve gemido voltea a verle y encuentra su rostro empapado en lagrimas. El pequeño trata de ahogar su llanto apretando fuerte los labios, pero se le escapa un sollozo. Lucía extiende sus brazos y el niño se recarga a su pecho. Entonces el leve llanto se convierte en un fuerte grito. El cuerpo de Joaquín se convulsiona. Lucía tiene que sujetarlo con toda su fuerza para que no se suelte de sus brazos.


—¡No dejes que me muera “Miss”! —dice con la voz entre cortada.

—Tranquilo Joaquín, todo está bien...

—¡No quiero morirme!

—Está bien Joaquín... todo va a estar bien...

—Quédate conmigo “Miss”.

—Aquí voy a estar hijo...


El abrazo de Lucía y sus palabras le abrigan. El miedo que le causa la idea de morir lo atormenta desde hace tiempo. Sus padres trataron de ocultarle su enfermedad y se comportan muy fríos con él. Esperan que su partida les sea más fácil así. La mamá de Joaquín está encinta. El niño que viene en camino les quitará el dolor de su partida, se han dicho.


Esa noche los moradores de Tumachi se acercan a la casa de Alejo armados con palos y piedras. Las autoridades se han visto excedidas en número por los manifestantes, por lo que deciden no intervenir y guardan distancia. El clamor del pueblo es contagioso, en el camino se van agregando más personas. La multitud se acerca a la vivienda de la familia Cervantes. Alejo siguió el consejo del extraño y, cerrando puertas y ventanas se retiró temprano a dormir. Su hija ha hecho lo mismo.

El visitante llegó al panteón. Se acerca a la tumba del sacerdote. Las aves negras le abren paso. Un par de ellas se posan en sus hombros.

—Voy a regresar el orden a este pueblo que tanto afligiste con tu soberbia. Si bien en un principio ayudaste a muchos de los pobladores, también echaste de aquí a mucha gente buena. Desechaste el don que se te concedió para guiar a las personas por el camino de luz y preferiste hacerte de riquezas en la tierra aprovechándote de la gente. El clamor de aquellos que abandonaste a su suerte baja desde la montaña.


Un relámpago iluminó el pueblo y el cielo fue cubierto por una inusual oscuridad. Grandes nubarrones se situaron sobre Tumachi. Las aves negras volaron en parvada y unos momentos más tarde llegan a donde se encuentra la multitud que rodea la casa de Don Alejo. Un estruendo se escucha en todo el pueblo y las aves se lanzan sobre los moradores que se han reunido en busca del extraño. Cegados por la obscuridad y asustados por el ataque de las aves corren despavoridos. Sus gritos se escuchan dentro de la casa de Alejo, quien se tapa con las cobijas hasta la cabeza. En su huida, tropiezan unos con otros. Una criatura se ha mezclado entre ellos. Al contacto con su pelaje emergen del subconsciente de las personas los temores más profundos, volviéndolos como niños abandonados en la obscuridad. Sus dientes crujen y el llanto se confunde con el aullido de los perros, quienes huelen el miedo. Lázaro se asoma por la ventana al escuchar el alboroto. Lo que ve le deja anonadado. Espíritus volando entre las personas amotinadas. Entre ellos hay un ser terrorífico, encorvado y andando a cuatro patas. De pronto, un rostro aparece frente a la ventana, la cara de horror con la mirada perdida que lanza un grito espeluznante. Es la esposa de Lázaro, quien cae desmayada después del grito que emite. El señor Arellano se queda petrificado observando a través de la ventana.

Las autoridades miran el caos. Todo les parece muy extraño. Lo que ellos ven es a las aves volando sobre la multitud y las personas corren atemorizadas. Vieron llegar caminando al extraño quien se paró entre los moradores. Estos, al tocarlo, se echan a llorar como niños. En su delirio, los hombres comienzan a golpearse entre ellos con las piedras y palos que llevan. La policía lanza dos tiros al aire para dispersar a la multitud. Entonces la muchedumbre arremete contra las autoridades. Los oficiales repelen la agresión disparando a diestra y siniestra. Varios pobladores son alcanzados por las balas. Eso enfurece más al resto de la gente. Los policías están rodeados. El primer golpe cae sobre la cabeza de uno de los agentes. Las piedras y palos llueven sobre el resto de ellos.

—¡Aquí estoy! —grita el extraño—. Es a mí a quien buscan, ¿no?


La multitud se detiene y voltean a verle. Entonces extienden sus palos y piedras hacia él.


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