• Fabricio Avalos Lozano

EL DON Capítulo 8: El Milagro.

Actualizado: 30 de sep de 2019

EL DON (la serie)

Fabricio Avalos Lozano

Copyright 2019


EL MILAGRO


La multitud reacciona, observan a su alrededor y ven a sus compañeros heridos. Entre éstos y el extraño están los cuerpos de las personas que recibieron los disparos por parte de la policía. Tendidos en el suelo, sobre un charco de sangre, seis personas yacen sin vida. Los oficiales abatidos a golpes se reincorporan lentamente con mucho dolor. Uno a uno, los atacantes van soltando las piedras y los palos. Todos guardan silencio y se comienza a escuchar el quejido de las personas heridas. Ellos mismos se encargan de auxiliar a sus compañeros. El extraño les mira sin mostrar ningún sentimiento. El ego de la multitud se ha desmoronado. En la noche la ambulancia recoge los cuerpos y las autoridades mandan un camión con una pipa de agua para lavar la sangre que quedó en la calle.

Amaneció y en la puerta de la casa de la familia Cervantes una pareja espera. Lucía abre y se encuentra con los padres de Joaquín. Sorprendida, no acierta en invitarles a pasar.


—No tenía el derecho de decirle a nuestro hijo lo de su enfermedad —dijo molesto el padre del niño.

—No fue necesario decírselo, él ya lo sabía... gracias a ustedes.

—¿Qué está diciendo? Si nosotros le hemos ocultado su estado de salud para protegerlo.

—El niño les escuchó varias veces mientras discutían. Ha lidiado con eso a solas por semanas —rebatió Lucía.

Perplejo, el hombre voltea a ver a su esposa.

—¡Eso no es cierto! —dice.

—¡Claro que lo es! La realidad es que Joaquín nunca cumplió con sus expectativas. El hecho de haber nacido débil y enfermizo les ha quitado la satisfacción que como padres esperaban les diera.

Lucía estaba encorajinada. Los señores enmudecieron. La maestra conocía a Joaquín mejor que ellos y había detectado sus fallas con una exactitud sorprendente.

—Yo puedo cuidarle si ustedes están de acuerdo. Joaquín se los va a agradecer. Si él se queda conmigo yo le daré la atención y el amor que se merece.


Los señores miraron a la joven sin saber qué responder. Después de un largo silencio Lucía les invitó a pasar. Dentro de la casa, la pareja vió la sencillez con la que la maestra vive. Los muebles antiguos pero bien cuidados aunados a las paredes blancas cubiertas con cal y yeso, en las que cuelgan cuadros con fotografías de Lucía cuando era una niña. El aroma a chocolate caliente y el ambiente cálido del hogar les causa una buena impresión. Un dejo de nostalgia les hace entrar en razón. Los señores Reveles analizan la propuesta de Lucía.


—Hablemos con Joaquín. Si él acepta, nosotros estamos de acuerdo en que venga a vivir aquí.

En casa de la familia Reveles, ya con Joaquín, los padres del niño le dan a conocer la noticia para ver su reacción. El chiquillo corre a los brazos de la maestra.

—¿”Miss”, me puedo quedar contigo? —sonríe.

—Sí hijo, te puedes quedar conmigo si así lo deseas.

—Sí quiero.


Los ojos del crío brillan. Sus padres ven a un Joaquín muy distinto a como le han visto desde que nació. Su semblante se ilumina al estar junto a la maestra.

El extraño vuelve a casa de Alejo. Los dos comparten una mirada de complicidad. Tumachi no es el mismo desde que el sacerdote falleció. Ahora la altivez de los moradores se ha desmoronado. La conciencia les hace mella en sus corazones. Un sentimiento de humildad y reflexión les acompaña. Las personas que murieron en el enfrentamiento eran conocidos de todos y el hecho les tiene consternados.


—Ahora los pobladores están listos para la siguiente etapa. Es hora de mostrar de que estás hecho Alejo.

—No estoy seguro de poder hacerlo —dijo el viejo.

—Es cosa de repetir lo que ya hiciste una vez, solo que ahora será ante varios testigos. De está no sales sin arañazos y raspones.

—Preferiría no volver a pasar por esto.

—No te puedes esconder por siempre —aseguró el extraño.


Lucía llega a casa con Joaquín y una maleta que contiene la ropa del pequeño. Está contenta y su tono de voz la delata mientras le cuenta a Don Alejo lo ocurrido. El viejo pone la mano en la cabeza del chaval y este se deja despeinar por él. En la tarde comen junto al extraño a quien no parece sorprenderle la estancia del niño en la casa de la familia Cervantes. Afuera Lázaro llama a Alejo quien sale para platicar con su amigo. Al regresar les pide que le acompañen a la casa de la familia Arellano. El extraño se da prisa para ir con ellos, pero Alejo le hace una seña negando con la cabeza.

La esposa de Lázaro está muriendo. Un grupo de vecinos la acompañan consternados. Al extraño no le han permitido visitarla. Lázaro observa a su viejo amigo, con la mirada le implora sin decir una palabra. Don Alejo se levanta y se acerca a la cama donde convalece la señora De Arellano. El niño está parado frente a ella y Alejo se coloca a su lado. Habla algo al oído de Joaquín y éste toca la frente de la señora al tiempo que el señor Cervantes toma la mano de ésta por un momento y después se retira. El niño se queda tocando la frente de la mujer quien en ese momento abre los ojos. Joaquín se sorprende y asustado le dice:


—¡Levántate!


Ella levanta la cabeza y extiende su mano para que la ayuden. Lázaro se apresura y la sienta en la cama. La gente se queda admirada por lo que acaba de suceder.


—¡Es un milagro! ¡Acabamos de presenciar un milagro! —se escucha decir a los presentes—. ¡El niño ha hecho un milagro!


Comienzan a aplaudir de júbilo por lo que acaban de presenciar. Todas las miradas se dirigen al pequeño Joaquín quien sonríe por la algarabía generada a su alrededor, sin entender el impacto que tendrá sobre su vida lo que ha ocurrido.


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