• Fabricio Avalos Lozano

El fin del mundo

De pequeño, en las primeras series norteamericanas que me tocó ver por televisión —allá en los años 70’s—, era muy común que el título de uno de sus capítulos fuera: El fin del mundo. Así se tratara de: La Gente del Mañana, El Doctor Who, Hulk, La Mujer Maravilla o El Hombre Nuclear. Siempre uno de sus principales capítulos llevaba ese título.

Con el tiempo esta frase formó parte de la vida cotidiana y varias fechas se enmarcaron con ese encabezado. Aún recuerdo una mañana entre semana llegar al colegio y encontrarme con que varios compañeros no se presentaron a clases porque ese día, según ciertas creencias o leyendas, el mundo se iba a acabar.

Suena absurdo, pero ciertamente muchos adultos pensaban que así iba a ocurrir.

La fecha más próxima al presente de uno de estos casos fue el 21 de diciembre del 2012. De acuerdo con la predicción de los Mayas, ese día sería el fin del mundo.

Hoy sabemos que no fue así porque la vida siguió. Lo que nadie previó fue que la vida daría una vuelta sin que el mundo acabara. Al día de hoy el planeta no ha desaparecido. Sin embargo, este mundo, nuestro mundo, en el que nos desenvolvíamos de manera cotidiana, sí se acabó.

Pero, ¿cuándo ocurrió esto? Para la mayoría a principios de marzo del 2020. Al menos en el continente americano. Igual que en la novela de ciencia ficción de H. G. Wells: La Guerra de los Mundos, fuimos víctimas de un ser microscópico, el mismo que terminó con los invasores de otros planetas y que devolvió la paz a la Tierra en esa novela clásica.

A finales del 2019 una serie de contagios provenientes de China se dieron a conocer por medio de los noticieros y estos, como una ola gigante, inundaron el planeta en pocos meses. Todos lo vimos, supimos de ello, pero como el pastor que gritaba: «¡Viene el lobo!… ¡Viene el lobo!» y después se reía de los pobladores que corrían al monte en su ayuda. Llegó el día en que el lobo atacó las ovejas y los pobladores cansados de las bromas del pastor dejaron de atender a su llamado. Así como el pastor terminó hartando a los moradores con sus bromas, de la misma manera los habitantes del planeta se cansaron de las historias del fin del mundo, al grado que cuando ocurrió, nadie lo creyó. Fue tal la falta de atención que la misma ONU (Organización de las Naciones Unidas) ignoró las señales y ni un solo país se preparó para enfrentar esta epidemia.

Ahora lo sabemos, el capítulo ha comenzado y es real. Su nombre tan trillado y poco valorado en la actualidad no deja que lo tomemos con la seriedad que se requiere: El fin del mundo. Hoy un simple resfriado puede convertirse en la peor pesadilla para cualquier habitante del planeta.

Un profeta viajaba de una ciudad a otra y en el camino se topó con una peste mortal.

—¿A dónde vas? —preguntó el profeta.

—Al siguiente poblado —respondió la peste—, voy a matar a diez mil personas.

Se despidieron y continuaron cada uno su camino.

Meses después de este encuentro, el profeta se volvió a encontrar con la peste.

—¡Mentiste! ¡Dijiste que ibas a matar a diez mil personas, pero han muerto cien mil!

—No mentí. En realidad solo maté a diez mil personas. Las otras noventa mil murieron de miedo a ser infectadas.

(Khalil Gibran)


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